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miércoles, octubre 12, 2011

Nunca fuimos a la Antártida (versión taller)


Camilo apunta la vista por encima de sus anteojos negros, mientras Ilyah, sostiene su cámara fotográfica. Se alista para tomarle la foto número cien mil.
La primera, fue en el Zócalo de la Ciudad de México, tenían escasos dos años, seguro ella no la había tomado, pero es la primera imagen que le viene a la cabeza cuando mira esa distracción que la caracteriza. La número quince fue en la Plaza Roja, en el lanzamiento del primer viaje de teletransportación que estrenó Lamac. La nueve, en casa de los abuelos, cuando Camilo lloraba por que a su padre, se lo habían llevado unos hombres de casco y metralletas. Ilyah no lloró, siempre fue la mas fuerte porque nació primero.

El café se enfría en sus tazas y un ambiente de octubre se desliza por las ventanas. Si Dios existiera, esa agua que comienza a caer sería bendita y acabaría de una vez con el presente y tal vez, la Plaza 11 de julio se podría terminar para festejar ahí los 100 años de independencia de la Suprarepública de California.

No vas a guardar la despedida, esa me la llevo yo”. Dijo Camilo con algo de enfado. Ilyah, con su sonrisa de adolescente eterna, tapa el obturador e ignora el lluvioso atardecer.

Hoy luces igual que en la foto trece” dijo Ilyah mientras toma la taza amarilla entre sus manos pálidas. “Abrazar pequeñas cosas es lo único que me queda” afirma, mientras da un sorbo pequeño a su café.

Ambos fijan su vista a los cigarros Camel blancos abandonados que descansan en la mesa de cuadros ajedrezada. Luego vuelven a sus ojos.

Camilo no fuma porque eso hacen todos en las despedidas. Ilyah, en cambio, hace una pregunta para alargar el momento con la promesa implícita ¿Vamos a la Antártida?

Camilo no puede evitar contestar algo tan estrechamente relacionado con su historia.

Una que inicia con ellos dos en el vientre materno, cuando su madre y su padre universitarios, calzaban las utopias como marca de zapatos tenis y marchaban por las calles gritando “¡Separación o muerte!”. Con esa historia que los perseguía, intentando aminorar sus pasos, con la foto de los Flores Magón en estandartes y pancartas.

La foto número cientocincuenta, la tomó en la fosa común que encontraron después del triunfo de la Suprarepública. Justo donde ahora se encuentra abandonada la plaza 11 de Julio. No había mirada en los ojos de Camilo y si antes Ilyah no lloró cuando esos cascos y esas botas negras cargaron con su padre, ahora sí, lo hacía. Abrazada a su hermano Ilyah captura el momento decisivo de su historia. Donde tienen que tomar bandos porque a ninguno de los dos les gusta eso de no pertenecer, Ilyah se va a luchar por la no anexión y Camilo, se queda para resistir.

Tijuana es tranquila porque el jefe de Lasbestias había nacido aquí y sentía respeto por sus habitantes, luego hizo un pacto de no violencia que se se conoce como el tratado Guzmán-Arriaga, pero sus enemigos los autonombrados Zetas, los Chupasangre, que alguna vez, habían impedido a los gringos invadir México, ahora reclamaban su parte. La justa por por evitar la anexión. Luego la Baja se separó y el mundo también, solo había supraviventes y vampiros.

Camilo es General de los supravivientes, se quita los lentes oscuros que ya no necesita y deja que la poca luz que queda iluminen su momento. Mira primero sus manos, las evita, voltea a la derecha y su vista choca con la ventana en ella la frontera. El desfile de la ventana, el desfile de la frontera, la ventana y la fila de refugiados; hombres, mujeres y niños desnudos, esperando ser revisados por los médicos de la Suprarepública, meticulosos a cualquier tipo de mordida que pudieran introducir a esos Sincorazón dento del territorio. Un vendedor de elotes señala el cielo. Es hora, la noche apabulla. Los sonidos guturales que buscan sangre.

Ilyah sabe que hay una posibilidad de que jamás tome la foto cien mil.Camilo ajusta sus estacas a la cintura, sus botas lustrosas apuntan a la puerta, mientras intenta no sentir. Ilyah lo detiene del brazo, se acerca al oído y susurra “Por qué nunca fuimos a la Antártida”, mientras intenta morderle el cuello, Camilo le encaja a su hermana una estaca en el corazón. Levanta la vista y puede leer un letrero en la puerta del café que dice: “Limpio de Vampiros desde el 2011”. No llora, tantos años de guerra lo han vuelto filial al Partido Estoico. Aunque la imagen número dos le llega de pronto. Ella, dormida a su lado, en la cama, la única foto mental que guarda de Ilyah. Los muertos que vuelan son bombardeados por el ejercito de la Suprartepública, nuestros aliados Lasbestias queman con sus armas ultravioleta a los que intentan aterrizar.

Camilo ve todo esto por la ventana, vuelve la vista a Ilyah y acepta su destino. No puede evitar pensar, qué le dirá a su Mamá.

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