Los tapetes siguen rosas en el baño y en el refrigerador, el frasco de pepinillos que compraste antes de que te fueras con él.
No me gustan los pepinillos.
Hoy recogí al tercer gato de la calle, lo bañé como a los otros y le di la bienvenida con un sobrecito de Wiskas.
A ti, no te gustan los gatos.
Seis minutos, es lo que necesito para preparar la cena en microondas; empanadas de brócoli, pechuga de pollo y arroz con maíz. Solía prepararte la cena, cocinar complicado, dejártela en un topper para luego, ver la nota de agradecimiento al día siguiente, cuando llegaba de trabajar del turno de noche.
No quiero ser un viejo de gatos.
Ya no tengo cortinas claras en mi cuarto como antes de la nota donde me explicaste que la vida no es vida conmigo a lado, donde dijiste, que yo perdí la hombría, donde justificaste el sexo con otro, el amor con otro, la cena que te preparaba y que comías con otros.
Ahora de la ventana cuelga un Cobertor San Marcos, pesado que no deja entrar al sol de mediodía. Hoy descanso. Ya no leo el periódico porque no estás para comentarte la nota roja. No escucho Carmen Ariztegui porque jamás dirá nada que me haga volver a las calles. Tampoco que me obligue a renunciar
Tomo café sin azúcar porque el tendero te conoce y siempre pregunta por ti. Tampoco hago la cama ni mucho menos la mudo de sábanas.
Mis gatos maullan por comida.
Nunca me dijiste por qué no te gustan los gatos.
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